
BAR MITZVA
A él lo vieron bajando la montaña
a la hora más ardiente del desierto.
bajo sus pies, las piedras casi blancas
insondables testigos de aquel día
en que el cielo por Dios estuvo abierto.
Vestía una túnica andrajosa; la cabellera feroz y enmarañada
la piel resquebrajada y dura;
las sandalias de cuero; y en los ojos,
la mirada, a la vez, terrible y pura.
Era la mirada formidable de los ojos
de un hombre sin dudas ni secretos,
de un hombre que traía entre sus manos
el mensaje de Dios para su pueblo.
Llegó finalmente al pie del monte
y fue entonces que los aires se colmaron de silencio
pues quisieron los errantes escuchar a su profeta
que dictó ante el estupor de aquellas tribus
las leyes que serían sus guías y sus metas.
Y fue éste el momento más precioso de tu pueblo
pues quedó señalada la convivencia humana,
al grabarse para siempre en esas tablas
la conducta a seguir mañana.
Y son éstas, esas leyes, que en escritos en papiros
o escritos sobre tablas
recorrieron el planeta y avanzaron por los siglos
para estar entre tus manos este días,
en que aceptas, hijo mío, de las manos de tu padre,
los mandatos de Moisés.
EDUARDO KOVALIVKER
La Plata, Argentina, 1944
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